La Arquidiócesis de Chicago informó que el padre José Molina, IVE, fue apartado del ministerio tras acusaciones de comunicaciones impropias e inapropiadas con menores y mujeres adultas. El caso plantea preguntas graves sobre el modelo institucional del Instituto del Verbo Encarnado: su falta de filtrado psicológico, su cultura de expansión, la soledad de muchos de sus sacerdotes y la manera en que el instituto busca apoyos episcopales para defenderse ante Roma.
La Arquidiócesis de Chicago informó que el padre José Molina, sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado, fue apartado del ministerio después de recibir acusaciones de haber mantenido “conversaciones y comunicaciones impropias e inapropiadas” con menores y mujeres adultas.
La información fue comunicada por el cardenal Blase Cupich en una carta fechada el 9 de mayo de 2026 y dirigida a los fieles de la parroquia San Francisco de Asís, en Chicago, donde el sacerdote servía como ministro temporal desde agosto de 2025.
Según la carta del arzobispo, al padre Molina se le retiraron las facultades para ejercer el ministerio en la Arquidiócesis de Chicago. Además, dado que pertenece al Instituto del Verbo Encarnado, fue enviado de regreso a la casa provincial de dicha congregación, que —según la misma carta— es responsable de su ministerio en la Iglesia.
La arquidiócesis también indicó que las acusaciones fueron reportadas a las autoridades civiles y que las personas denunciantes recibieron la oferta de asistencia por parte de la oficina arquidiocesana correspondiente.
La noticia fue publicada por EWTN News, y la carta oficial de la Arquidiócesis de Chicago puede consultarse en el sitio web de la arquidiócesis.
Es importante ser precisos: por el momento se trata de acusaciones, no de una condena penal o canónica definitiva. Pero el caso no puede ser tratado como un simple incidente aislado. El elemento central aquí es que el sacerdote pertenece al IVE, un instituto religioso que desde hace años arrastra cuestionamientos graves sobre su cultura interna, su modo de gobierno, la formación de sus miembros y la manera en que responde ante denuncias, abusos de autoridad o comportamientos problemáticos.
El problema no es solamente José Molina
Cuando un sacerdote del IVE es retirado del ministerio por acusaciones que involucran comunicaciones inapropiadas con menores y mujeres adultas, la pregunta no puede limitarse a la conducta individual de ese sacerdote. La pregunta de fondo es institucional:
¿Qué mecanismos reales tiene el IVE para evaluar, supervisar y corregir a sus miembros?
El padre Molina no era un sacerdote diocesano actuando por cuenta propia. Era miembro de una congregación religiosa internacional. Había sido enviado a servir temporalmente en una parroquia de Chicago. Eso supone una cadena de responsabilidad: formación, selección, envío, acompañamiento, control y eventual corrección.
La carta del cardenal Cupich es significativa porque afirma expresamente que, al ser sacerdote del IVE, Molina regresó a la casa provincial de la congregación, responsable de su ministerio en la Iglesia. Esa frase debe ser leída con atención. No estamos ante un problema puramente local de Chicago. Estamos ante un sacerdote del IVE cuya conducta ha provocado una intervención pública de una arquidiócesis estadounidense.
El patrón preocupante: movilidad, opacidad y responsabilidad difusa
Una de las grandes dificultades con congregaciones internacionales como el IVE es la movilidad de sus miembros. Sacerdotes y religiosas pueden pasar de un país a otro, de una comunidad a otra, de una diócesis a otra, y muchas veces los fieles no conocen el historial completo de quienes llegan a servir en sus parroquias, colegios, misiones o comunidades.
Este caso plantea una pregunta inevitable:
¿Qué sabía el IVE sobre el padre José Molina antes de enviarlo a Chicago?
No afirmo que la congregación conociera previamente conductas problemáticas. No tenemos elementos públicos para decir eso. Pero precisamente por eso la pregunta debe formularse públicamente. Si no había antecedentes, ¿qué controles preventivos existían? Si los había, ¿por qué fue enviado igualmente? Si las acusaciones aparecieron durante su ministerio en Chicago, ¿cómo actuó el IVE antes y después de ser informado?
El problema de fondo es la responsabilidad difusa. La diócesis puede retirar facultades. El instituto religioso puede trasladar al sacerdote. Las autoridades civiles pueden investigar. Pero los fieles quedan muchas veces sin saber quién responde realmente por el conjunto del sistema que permitió que esa persona estuviera en contacto pastoral con menores y mujeres adultas.
La ausencia de un verdadero filtrado psicológico en el IVE
Otro elemento que debe ser examinado con seriedad es el proceso de admisión y formación dentro del Instituto del Verbo Encarnado. A diferencia de lo que hoy ocurre en la mayoría de los seminarios y congregaciones religiosas del mundo, donde existen evaluaciones psicológicas, entrevistas profesionales y criterios de discernimiento humano cada vez más estrictos, el IVE se ha caracterizado por una carencia grave: la ausencia de un verdadero filtrado psicológico al ingreso.
Este punto es fundamental. La vocación sacerdotal o religiosa no puede evaluarse solamente a partir del entusiasmo, la disciplina externa, la adhesión doctrinal o la disponibilidad para obedecer. También debe evaluarse la madurez afectiva, la capacidad de relación, la estabilidad emocional, la relación con la autoridad, la integración de la sexualidad, la capacidad de vivir en comunidad y la aptitud para ejercer un ministerio pastoral con personas vulnerables.
Cuando una congregación no realiza un discernimiento psicológico serio, aumenta el riesgo de que ingresen, permanezcan o sean ordenadas personas que no tienen la madurez necesaria para ejercer una autoridad espiritual sobre otros. Esto no significa que toda persona con fragilidades psicológicas sea peligrosa. Significa algo más concreto: una institución que forma sacerdotes tiene el deber de conocer, acompañar y, cuando sea necesario, frenar procesos vocacionales que pueden terminar haciendo daño.
En este sentido, el caso del padre José Molina, IVE, debería abrir una pregunta más amplia: ¿qué tipo de evaluación humana, afectiva y psicológica recibió antes de ser ordenado y antes de ser enviado a ejercer el ministerio en una parroquia de Chicago? ¿Qué criterios utiliza el IVE para admitir candidatos, ordenarlos y enviarlos a comunidades donde tendrán contacto pastoral con menores, mujeres adultas, familias y personas espiritualmente dependientes?
Estas preguntas no pretenden diagnosticar a una persona concreta ni reemplazar una investigación. Pero sí apuntan a una debilidad estructural: sin filtros psicológicos serios, sin controles externos y sin una cultura real de discernimiento humano, una congregación puede transformarse en un espacio donde la obediencia y la apariencia de ortodoxia pesan más que la madurez interior.
La soledad de muchos sacerdotes del IVE
A esta problemática se suma otro aspecto poco mencionado: la soledad en la que viven muchos sacerdotes del Instituto del Verbo Encarnado. Aunque el IVE se presenta como una familia religiosa y misionera, en la práctica muchos de sus sacerdotes son enviados a destinos donde viven solos o casi solos, a veces únicamente con otro sacerdote. En no pocos casos, ese otro sacerdote funciona además como superior local, lo que impide una verdadera relación de hermandad.
La vida religiosa no debería reducirse a compartir una casa o una agenda pastoral. La vida religiosa implica fraternidad, corrección mutua, acompañamiento, descanso común, conversación sincera, equilibrio humano y una red cotidiana de vínculos que ayuden al sacerdote a no encerrarse en sí mismo. Cuando un sacerdote vive solo, o vive con un único compañero que además ejerce autoridad sobre él, esa dimensión fraterna queda gravemente empobrecida.
Esta soledad no es un detalle secundario. Un sacerdote aislado, sometido a una fuerte carga pastoral, sin vínculos horizontales reales, sin espacios de confianza y sin supervisión adulta equilibrada, puede volverse más vulnerable a compensaciones afectivas desordenadas, relaciones ambiguas o dependencias emocionales con personas a las que debería acompañar pastoralmente con distancia y prudencia.
El problema, por tanto, no es solamente moral. También es estructural. Una congregación que envía sacerdotes solos o casi solos a distintos países y diócesis debe preguntarse si está ofreciendo realmente una vida religiosa sana o si, en la práctica, está utilizando a sus miembros como piezas funcionales para cubrir misiones, parroquias y apostolados.
En el caso del IVE, esta pregunta es especialmente importante porque el instituto insiste mucho en la disponibilidad misionera, la obediencia y el sacrificio. Pero la disponibilidad misionera no puede justificar condiciones de vida que destruyen la fraternidad religiosa. Y la obediencia no puede reemplazar la necesidad humana básica de vínculos sanos, acompañamiento real y vida comunitaria equilibrada.
Por eso, al analizar el caso Molina, no basta con preguntar qué hizo o no hizo un sacerdote concreto. También hay que preguntar en qué tipo de estructura humana y comunitaria fue formado, acompañado y enviado. Si el IVE no cuenta con filtros psicológicos adecuados y además envía a sus sacerdotes a vivir en situaciones de aislamiento, entonces el problema no puede reducirse a una falla individual. Estamos ante una vulnerabilidad institucional mucho más profunda, vinculada también a una estrategia de expansión que busca multiplicar apoyos episcopales ante el Vaticano.
Multiplicar presencias para multiplicar obispos intercesores
Desde fuera, la expansión internacional del IVE puede parecer simplemente un signo de vitalidad misionera. Pero quienes hemos vivido desde dentro la lógica del instituto sabemos que la multiplicación de presencias tiene también una dimensión política y eclesiástica.
El IVE busca multiplicar presencias en diócesis, países y parroquias no solamente por razones pastorales, sino también para multiplicar el número de obispos que puedan interceder por el instituto ante el Vaticano. La lógica es sencilla: cuantos más obispos reciban sacerdotes del IVE, más posibilidades tiene el instituto de contar con defensores cuando Roma evalúa medidas severas contra la congregación.
Esta estrategia se vuelve especialmente importante cuando el IVE interpreta las críticas, las intervenciones o las investigaciones de la Santa Sede como fruto de la influencia de sectores “progresistas” dentro de la Iglesia. En ese marco mental, el problema nunca está realmente dentro del instituto: siempre vendría de enemigos externos, de ideologías contrarias, de obispos mal informados o de funcionarios romanos supuestamente hostiles a una congregación “fiel a la doctrina”.
Así, la expansión territorial no funciona solamente como misión. También funciona como mecanismo de supervivencia institucional. Cada nueva presencia puede convertirse en una relación útil. Cada diócesis puede transformarse en un posible punto de apoyo. Cada obispo satisfecho con sacerdotes disponibles, conservadores y obedientes puede convertirse, llegado el momento, en una voz favorable ante Roma.
El problema es que esta estrategia tiene un costo humano muy concreto: sacerdotes enviados solos o casi solos, comunidades mínimas, falta de vida fraterna real, dependencia directa del superior, aislamiento afectivo y ausencia de controles horizontales. Lo que hacia fuera se presenta como celo misionero, hacia dentro puede convertirse en una dispersión funcional al poder de la institución.
En otras palabras, la soledad de muchos sacerdotes del IVE no es solamente una consecuencia accidental de la misión. Es también el resultado de una política de expansión que prioriza la presencia institucional por encima de la vida religiosa sana. Se multiplican casas, parroquias, capellanías y destinos, pero no siempre se garantiza una verdadera comunidad religiosa.
Esto es gravísimo. Porque si una congregación sacrifica la vida fraterna de sus miembros para ganar influencia eclesiástica, entonces deja de tratar a sus sacerdotes como personas llamadas a vivir una vocación comunitaria y empieza a tratarlos como piezas disponibles dentro de una estrategia de supervivencia corporativa.
Desde esta perspectiva, el caso del padre José Molina, IVE, debe ser leído también dentro de una estructura más amplia. No basta con preguntar qué hizo o no hizo un sacerdote concreto. También hay que preguntar qué tipo de institución forma, envía y acompaña a sus sacerdotes; qué lugar ocupa la salud psicológica y afectiva de esos sacerdotes; y si la expansión del IVE no se ha construido, en parte, a costa de la soledad y vulnerabilidad de sus propios miembros.
Las “comunicaciones inapropiadas” no son un detalle menor
Algunos podrían minimizar el caso diciendo que la carta no habla de abuso sexual consumado, sino de conversaciones y comunicaciones inapropiadas. Esa distinción es importante y debe respetarse. Pero no convierte el caso en algo secundario.
En contextos pastorales, especialmente cuando hay menores involucrados, las comunicaciones privadas pueden ser el primer espacio donde se cruzan límites. Mensajes ambiguos, conversaciones de contenido afectivo, dirección espiritual mal manejada, dependencia emocional, manipulación de conciencia o familiaridad impropia pueden convertirse en formas de abuso de poder, aun antes de cualquier contacto físico.
Por eso, cuando una arquidiócesis considera suficientemente serias unas acusaciones como para retirar las facultades ministeriales de un sacerdote y reportarlas a las autoridades civiles, el hecho debe ser tomado con extrema seriedad.
El IVE debe responder públicamente
El Instituto del Verbo Encarnado no debería limitarse a recibir de regreso al sacerdote y manejar el caso internamente. La opacidad es precisamente una de las causas de la pérdida de confianza.
El IVE debería responder con claridad a preguntas básicas:
- ¿Desde cuándo conocía la congregación las acusaciones contra el padre José Molina?
- ¿Existían antecedentes previos o quejas anteriores?
- ¿Qué evaluación se hizo antes de enviarlo a la parroquia St. Francis of Assisi?
- ¿Qué medidas concretas tomó el IVE después de recibir la información?
- ¿La investigación interna será comunicada públicamente?
- ¿Se contactará a otras comunidades donde el sacerdote haya servido anteriormente?
- ¿Qué tipo de filtrado psicológico tuvo el sacerdote durante su admisión, formación y ordenación?
- ¿En qué condiciones comunitarias concretas vivía y ejercía su ministerio?
Estas preguntas no constituyen una condena anticipada. Son exigencias mínimas de transparencia institucional.
Un instituto religioso que pretende formar sacerdotes, educar jóvenes, dirigir espiritualmente a familias y enviar misioneros por todo el mundo debe aceptar un nivel serio de rendición de cuentas. La obediencia religiosa no puede funcionar como una barrera contra el escrutinio externo.
Un caso que confirma la necesidad de mirar al IVE como sistema
El caso Molina debe ser leído dentro de un contexto más amplio: el IVE no es simplemente una congregación con algunos problemas individuales. Es una estructura internacional con una fuerte cultura interna, una identidad doctrinal muy marcada, una relación intensa entre autoridad y obediencia, y una historia de cuestionamientos sobre su fundador, su gobierno y sus prácticas.
Por eso, cada nuevo caso que involucra a un miembro del instituto debe ser analizado no solamente como “un sacerdote acusado”, sino como una pieza más en una pregunta mayor:
¿El IVE tiene una cultura institucional capaz de prevenir abusos, escuchar denuncias, corregir a sus miembros y transparentar sus errores?
La experiencia de muchas víctimas en instituciones religiosas muestra que los abusos no prosperan solamente por la conducta de individuos desviados. Prosperan cuando existe un sistema que calla, minimiza, desplaza, protege reputaciones o subordina la verdad a la preservación de la obra.
En el caso del IVE, esa pregunta se vuelve todavía más grave por la combinación de varios factores: falta de filtrado psicológico serio, obediencia verticalista, movilidad internacional, comunidades mínimas, sacerdotes aislados, superioridad ejercida dentro de relaciones muy estrechas, y una política de expansión que puede priorizar la presencia institucional por encima de la salud humana de sus propios miembros.
La responsabilidad de las diócesis que reciben sacerdotes del IVE
Este caso también debería servir como advertencia para las diócesis que reciben sacerdotes del Instituto del Verbo Encarnado. No basta con aceptar clérigos disponibles para cubrir parroquias, capellanías o misiones. Las diócesis tienen el deber de exigir información completa, antecedentes claros y garantías verificables.
La Arquidiócesis de Chicago actuó retirando las facultades ministeriales del padre Molina, informando a la comunidad parroquial, reportando las acusaciones a las autoridades civiles y remitiendo el caso al ámbito de responsabilidad del IVE. Pero la pregunta más amplia queda abierta: ¿cuántas diócesis conocen realmente la situación interna del IVE antes de aceptar a sus miembros?
Las diócesis no deberían evaluar únicamente si un sacerdote del IVE es doctrinalmente conservador, obediente, disponible o útil para cubrir una necesidad pastoral. Deberían preguntarse también por su formación humana, su madurez afectiva, su historial comunitario, su acompañamiento psicológico y las condiciones reales en las que vive.
Recibir sacerdotes de una congregación cuestionada exige más prudencia, no menos. La disponibilidad pastoral no puede convertirse en una coartada para ignorar problemas estructurales.
Conclusión: no es un caso aislado, es una advertencia institucional
El padre José Molina, IVE, tiene derecho a un proceso justo y a que no se lo declare culpable antes de que termine la investigación. Pero las posibles víctimas también tienen derecho a ser escuchadas, protegidas y tomadas en serio. Y los fieles tienen derecho a saber cómo actúa el Instituto del Verbo Encarnado cuando uno de sus sacerdotes es acusado de conductas inapropiadas con menores y mujeres adultas.
Este caso no debe ser usado para hacer una acusación irresponsable. Pero tampoco debe ser enterrado bajo el lenguaje habitual de las investigaciones internas, los traslados discretos y las fórmulas institucionales.
La pregunta central es simple:
¿Qué hará el IVE con este caso?
¿Lo tratará como un problema aislado que debe ser contenido? ¿O aceptará que cada nuevo escándalo confirma la necesidad de una revisión profunda de su cultura, su gobierno y sus mecanismos de control?
El problema no es solamente que algunos sacerdotes puedan fallar. El problema es que el IVE ha construido un modelo institucional donde la expansión, la obediencia y la defensa corporativa pesan más que el discernimiento psicológico, la vida fraterna real y la transparencia ante los fieles.
Para quienes han seguido de cerca la historia del Instituto del Verbo Encarnado y de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, este nuevo episodio no puede pasar desapercibido. Es una señal más de que el problema no está solamente en ciertas personas. Está también en un sistema que debe ser examinado con rigor, transparencia y valentía: sus criterios de admisión, su falta de filtrado psicológico, su modelo de obediencia, sus mecanismos de supervisión, su política de expansión y las condiciones reales de soledad en las que muchos sacerdotes del IVE ejercen su ministerio.

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