Ante la típicamente cínica actitud de los religiosos del IVE de culpabilizar a las religiosas víctimas de abuso sexual del Padre José María Corbelle, reproducimos aquí un artículo publicado originalmente por Victoria Cardiel en Aciprensa que ilustra la actitud que los miembros del IVE deberían tener cuando acompañan pastoralmente a las hermanas.
El desafío de afrontar los abusos dentro de la vida consagrada —en todas sus dimensiones: sexual, de poder, de conciencia y también económica— centró los trabajos del encuentro internacional organizado por la Pontificia Comisión para la Tutela de los Menores en el Palacio Maffei Marescotti, en Roma.
Bajo el lema “Construir comunidades que protejan la dignidad”, representantes de institutos religiosos de una veintena de países se dieron cita entre el 17 y el 19 de noviembre para compartir experiencias, examinar fallos estructurales y avanzar en la preparación del tercer Informe Anual, que implicará a 40 comunidades.
El presidente de la Comisión, el arzobispo Thibault Verny, agradeció la presencia de los cerca de 60 participantes de varios países y subrayó que la prevención de los abusos “no es una tarea local, sino un compromiso universal de la Iglesia”.
El tercer informe sobre abusos, precisó el arzobispo, “no pretende añadir un peso”, sino ser “una oportunidad” para promover “la atención hacia los miembros más vulnerables” y reforzar “la calidad de la formación”. Este camino “no puede recorrerse en solitario”, concluyó Verny.
“Te creo, no estás sola”: el principio de una verdadera reparación
Uno de los momentos más significativos fue la intervención de la presidenta de la Conferencia de religiosos y religiosas de Francia (Corref), Véronique Magron, quien expuso con claridad los pasos iniciales para acompañar a una mujer consagrada que denuncia abusos. Su primera recomendación fue directa y sin matices: “Las primeras palabras deben ser: te creo, no estás sola, te ayudaré y haré todo lo necesario”, afirmó según reporta Vatican News.
“Hay que hablar con sinceridad, de lo contrario es imposible construir diálogo y confianza”, agregó.
Para la religiosa la reparación es un proceso amplio que no puede reducirse a un mero trámite: exige justicia, acompañamiento y la implicación real de quienes sufrieron violencia. Por eso, señaló, el segundo paso es “trabajar por cualquier forma de justicia”, “involucrando” a las víctimas en cada etapa, sin “minimizar” los casos ni diluir responsabilidades.
Estructuras, fallos y silencios
La reunión abordó sin rodeos el panorama de los abusos dentro de la vida religiosa, también en sus formas menos visibles. En conventos y monasterios no sólo se han dado casos de índole sexual, sino abusos de poder y de conciencia, prácticas frente a las cuales pueden surgir “conflictos, asimetrías de poder, marginaciones, relaciones desequilibradas”, tal como advirtió el arzobispo Verny durante su intervención.
La voz del análisis la ofreció el claretiano P. Krzystof Gierat, responsable de oficina del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada, quien subrayó que “todo camino de protección nace de un rostro, de una historia que pide escucha, verdad y cuidado”. Y precisó: “La protección no puede tratarse como un elemento técnico añadido, no es un protocolo que se adjunta a la vida consagrada”.
El P. Gierat enumeró factores estructurales que favorecen el abuso incluso en comunidades con normativas aparentemente ejemplares como la ausencia de un “sistema sano” de relaciones. Una comunidad, indicó, puede tener “protocolos impecables”, pero luego aparecen autoridades ambiguas, jerarquías “informales” por procedencia geográfica, agresividad, relaciones malsanas, señales no captadas, conflictos ignorados. “Aún sin malas intenciones, todo esto se convierte en terreno fértil para el abuso”, alertó.
“La protección comienza por la calidad del ambiente que respiramos”, subrayó el religioso.
El sacerdote abrió además un capítulo especialmente sensible: el impacto del mundo digital. La vida consagrada —recordó— ya no puede considerarse ajena a redes sociales, chats o exposición en línea. Los riesgos son múltiples: imagen pública, privacidad, grooming digital. “La protección no se juega solo en los pasillos de los conventos, sino también en los espacios virtuales”, lamentó.
“Muchos abusos nacen de autoridades dejadas solas y no adecuadamente formadas”
Y señaló un aspecto clave: la necesidad de “formación integral, espiritual y psicológica” para superiores y superioras religiosas. “Una autoridad transparente, evangélica y servicial es el primer bastión de protección”, dijo. “Muchos abusos nacen de autoridades dejadas solas y no adecuadamente formadas. Y todo abuso nace de la falta de discernimiento comunitario”, añadió.
El encuentro dejó claro que la cuestión de los abusos no se limita a los muros eclesiales. Para Stefano Mattei, director de políticas de Tutela Minorum, el propósito es también “impulsar el cambio” en la sociedad: “Se trata de poner el peso de la Iglesia al servicio del cambio cultural para proteger a los niños y a los vulnerables”, explicó.
Ese compromiso, dijo, es posible gracias a la presencia capilar de la Iglesia, a la riqueza de carismas y a su inserción en contextos muy diversos.
Las reflexiones se completaron con experiencias internacionales. Desde Alemania, el franciscano Andreas Murk, provincial de la orden, presentó cifras especialmente reveladoras: según una encuesta de 2019, 1.412 personas se dirigieron a la Conferencia de superiores para manifestar: “Yo he sido abusado”.
“No todos vienen por dinero, solo quieren reconocimiento”
Murk detalló también la labor de la Unabhängige Kommission für Anerkennungsleistungen (UKA), encargada de gestionar indemnizaciones para víctimas de abusos clericales, con compensaciones de hasta 20.000 euros.
A la pregunta sobre el riesgo de denuncias falsas, respondió con contundencia: “Durante décadas las víctimas fueron ignoradas; ahora debemos concentrarnos en ellas”.
En su provincia, explicó, “una o dos acusaciones resultaron infundadas; otras cuarenta no, y de ellas sólo cinco pidieron dinero. No todos vienen por dinero, solo quieren reconocimiento”.
Sin embargo, advirtió, todavía hoy “algunas comunidades se niegan a afrontar el tema de los abusos, siguen sin tener la sensibilidad necesaria. Nuestro deber es ser activos en este campo, incluso si resulta incómodo”.

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