Por el bien de la Santa Iglesia Católica y de las futuras almas que confiarán sus vocaciones al IVE
Este relato se presenta de forma anónima y corresponde, de buena fe, a las experiencias que viví, a las situaciones de las que fui testigo y a la manera en que determinados acontecimientos fueron presentados y vividos durante mi estancia en el Instituto. No pretendo presentar un hecho aislado ni imputar responsabilidad individual a una persona específica, sino registrar conductas y dinámicas que, a lo largo del tiempo, me llamaron la atención y que considero importantes para una evaluación más amplia de la realidad de la formación y de la vida interna del Instituto.
Pido que se preserve mi identidad. La opción por el anonimato responde al temor a posibles consecuencias personales y a la necesidad de proteger mi vida actual. Mi objetivo es, actuando de buena fe, que determinadas experiencias puedan ser conocidas y evaluadas por las autoridades competentes.
1. Experiencia general y contradicciones observadas
La santidad que propone el IVE realmente encandila y cautiva a cualquier alma que siente la llamada a la vida religiosa. Fui miembro de votos simples y permanecí aproximadamente seis años en el Instituto. A lo largo de ese periodo, sin embargo, diversos aspectos hicieron que la Congregación fuera perdiendo paulatinamente para mí el brillo que inicialmente despertaba. Entre esos aspectos se encontraban conductas de superiores y situaciones que presencié directamente que, en determinados momentos, parecían entrar en contradicción con los buenos modos y comportamientos que se exigían a los propios miembros. El sacerdote, como pastor, debe cuidar de todas las almas que le han sido confiadas, y no solo de las de su preferencia. La cercanía personal, la afinidad o el carácter destacado de un determinado miembro no deberían ser criterios para establecer quién merece mayor atención, cuidado o consideración. Esta diferencia de trato fue algo que vivencié en algunos momentos.
2. Sobrecarga, trabajo y formación
Entre las dificultades vividas durante este periodo estuvo también la carga emocional y la responsabilidad atribuida a los seminaristas y religiosos. La dedicación integral a las actividades del seminario puede ser una experiencia muy hermosa cuando se vive con equilibrio y propósito. Sin embargo, en diversas ocasiones, la cantidad de responsabilidades, actividades y horarios de trabajo producía una sobrecarga física y mental considerable.
En algunas de esas situaciones, los formadores transmitían la idea de que, en las misiones, tendríamos el doble de trabajo, actividades aún más pesadas y menos tiempo de descanso, siendo necesario adaptarnos y no «aflojar». En la práctica, percibía que este modelo afectaba fuertemente a los estudios y que, sobre todo en los primeros años, el estudio acababa recibiendo menos importancia ante las exigencias del trabajo.
En el noviciado, la experiencia me parecía, en determinados momentos, una especie de prueba de resistencia, como si quienes soportaban las dificultades demostraran tener vocación para continuar. Posteriormente, en el Seminario Mayor, percibía una dinámica similar entre quienes hacían la convivencia o experiencia vocacional, marcada por mucho trabajo manual y muy escaso acompañamiento personal al vocacionado. La dedicación y la disciplina son valores importantes en la formación religiosa. Sin embargo, los seminaristas y religiosos siguen siendo personas, con límites humanos, necesidades físicas y emocionales y necesidad de descanso. Cuando las responsabilidades se acumulan de manera excesiva, aquello que debería contribuir a la formación puede acabar produciendo justamente el efecto contrario.
3. Tratamiento de las limitaciones y dificultades de los miembros
También me llamaron particularmente la atención determinadas conductas que, a mi juicio, no se correspondían con lo que se espera de un formador. Cuando determinadas características, dificultades o limitaciones de los seminaristas debían abordarse mediante orientación, asesoramiento y ayuda para ser superadas, presencié situaciones en las que esas características se utilizaban como motivo de ridiculización, mofa o menosprecio. No se trata de afirmar que toda corrección sea inadecuada. La formación exige corrección, disciplina y, muchas veces, firmeza. Existe, sin embargo, una diferencia importante entre corregir a alguien para ayudarle a crecer y exponerlo al ridículo por aquello que necesita corregir, especialmente de manera pública ante los demás miembros de la comunidad. Esta conducta era más perceptible, según mi experiencia, durante el noviciado.
Este tipo de comportamiento puede ser especialmente perjudicial cuando procede de alguien que ocupa una posición de autoridad y formación, precisamente porque existe una relación de confianza y desigualdad jerárquica. Lo que, viniendo de un compañero, podría tomarse simplemente como una broma, adquiere otro peso cuando procede de un superior o formador.
Por lo que pude presenciar, determinadas actitudes similares alcanzaban también a autoridades eclesiásticas, incluso a través de comentarios depreciativos o de ridiculización de sus actitudes. Esto me llevó a cuestionar hasta qué punto determinadas prácticas se ajustaban al espíritu de obediencia y respeto a la autoridad de la Iglesia que la propia formación procura transmitir como uno de los elementos fundamentales del Instituto.
4. Falta de acogida y acompañamiento en situaciones personales
Otro aspecto importante se refiere a la atención prestada a las dificultades personales y emocionales de los miembros. Durante el periodo en que estuve en el Instituto, atravesé momentos de significativa dificultad emocional. Al tratarse de una realidad de formación y vida comunitaria, era de esperar que situaciones de esta naturaleza se abordasen con la debida atención y el acompañamiento adecuado.
Sin embargo, en determinada ocasión, la forma en que se gestionó la situación dejó, a mi modo de ver, mucho que desear. No se tomaron algunas medidas que considero necesarias ante lo que se estaba viviendo, y el acompañamiento recibido no se correspondió con la gravedad que la situación exigía.
Lo que más me marcó fue percibir que, ante situaciones similares o según las personas involucradas, la atención y la preocupación demostradas podían ser distintas. Esta percepción, sumada al momento delicado que atravesaba, hizo la experiencia aún más difícil. No pretendo exponer circunstancias particulares ni involucrar a otras personas que también formaron parte de aquella realidad. El objetivo es dejar constancia de que hubo, según mi percepción, un fallo en la acogida y en el acompañamiento de una situación que requería mayor atención.
Las consecuencias de aquel periodo fueron profundas y traspasaron el momento en sí, dejando secuelas que permanecen en mi vida. Con el paso del tiempo, las dificultades se agravaron y tuvieron un papel determinante en mi decisión de abandonar el Instituto. Tal vez una atención diferente, una escucha más cuidadosa o una intervención adecuada en aquel momento podrían haber cambiado el curso de los acontecimientos y de mi vocación. No es posible saberlo. Pero es precisamente por haber vivido esa experiencia por lo que considero importante registrar que la formación religiosa no puede limitarse a las exigencias espirituales, disciplinares y académicas. También es necesario ver a la persona que hay detrás del religioso.
5. Falta de transparencia y forma de comunicar las dificultades
Otro aspecto que considero importante mencionar es la falta de transparencia en determinadas situaciones que afectaban al propio Instituto y a su relación con la Santa Sede.
Durante el tiempo en que estuve en la institución, no siempre la información sobre acontecimientos importantes, medidas tomadas por las autoridades de la Iglesia o situaciones que afectaban directamente a la vida y al futuro del Instituto llegaba a los miembros de forma clara. Muchas veces permanecíamos sin comprender exactamente qué estaba sucediendo, cuáles eran los motivos de determinadas decisiones o cuáles eran las circunstancias que rodeaban cuestiones importantes de la propia comunidad.
Puedo recordar, como ejemplos, momentos en los que sacerdotes relevantes para la comunidad dejaron de estar presentes durante periodos prolongados sin la suficiente aclaración a los miembros. En una de esas situaciones, me enteré del paradero de un sacerdote a través de un laico que me preguntó cómo se encontraba y me relató que había dejado el sacerdocio. Como miembro del Instituto, yo no había recibido una información equivalente por parte de los superiores. Posteriormente, percibí una situación similar respecto al entonces superior provincial.
Esta dinámica de falta de transparencia generaba inseguridad y desconcierto. Quienes estaban fuera de la institución a menudo parecían estar mejor informados de lo que ocurría internamente que los propios religiosos, mientras que quienes estábamos directamente sometidos a esa realidad permanecíamos, muchas veces, sin la información suficiente para comprender lo que estaba pasando.
6. De la interpretación de dificultades concretas como sufrimiento espiritual
Había además otro aspecto que me causaba inquietud: la manera en que se interpretaban espiritualmente determinadas dificultades, sufrimientos y situaciones de gran exigencia. En diversos momentos, dificultades relacionadas con las condiciones y con los problemas estructurales de las casas de formación de la Provincia, incluidas cuestiones de alimentación y otras condiciones materiales que, a mi juicio, superaban las dificultades normales de la vida religiosa, se vinculaban con la llamada «noche oscura» de San Juan de la Cruz.
Reconozco que existe una tradición espiritual legítima dentro de la Iglesia para comprender el sufrimiento y la purificación interior. El problema, a mi parecer, surgía cuando dificultades concretas y situaciones que requerían un análisis humano, psicológico o institucional pasaban a interpretarse predominantemente como parte necesaria de un proceso de santificación.
En algunas circunstancias, también se transmitía la idea de que determinados sufrimientos, sacrificios o penitencias corporales debían ofrecerse por el bien de la Congregación o del propio fundador. De esta manera, una dificultad que podría haber suscitado la pregunta «¿qué está pasando y qué hay que corregir?» terminaba recibiendo otra interpretación: «hay que soportarlo y ofrecerlo».
No considero estos acontecimientos como casos aislados. Recuerdo especialmente momentos del noviciado en los que llegaron a faltar recursos básicos de higiene, incluida el agua, situaciones que, según mi experiencia, contribuían a problemas de salud y enfermedades. Existe una diferencia entre aceptar voluntariamente los sacrificios propios de una vocación religiosa y transformar todo sufrimiento en algo que necesariamente deba ser soportado, ofrecido o espiritualizado, sin cuestionar antes si existe una situación concreta que deba ser corregida.
7. La figura del fundador y la interpretación del sufrimiento
También me llamaba la atención la manera en que se presentaba la figura del fundador dentro de esta espiritualidad. En determinadas situaciones, la referencia al sufrimiento ofrecido por el fundador, por la Congregación y por el bien de la obra parecía asumir una dimensión que, en mi percepción, sobrepasaba una simple referencia histórica o espiritual al fundador.
No afirmo que esa fuera necesariamente la intención consciente de todos los responsables. Me refiero a la impresión que esa forma de presentar las cosas producía en quienes estaban en formación.
Para mí, en algunos momentos, parecía existir una equiparación entre la figura del fundador y modelos de santidad como el de San Juan de la Cruz, especialmente en la idea de sufrimiento, prueba, sacrificio, pobreza y purificación. Esta asociación me hacía cuestionar hasta qué punto era posible distinguir adecuadamente lo que pertenece a la legítima espiritualidad de la Iglesia de lo que estaba relacionado específicamente con la figura e historia personal del fundador.
Hoy, ante las decisiones tomadas posteriormente por la propia Santa Sede en relación con el padre Carlos Miguel Buela, considero aún más necesario hacer esa distinción. Una cosa es el carisma que la Iglesia reconoce y lo que existe de legítimo en una vocación religiosa, y otra cosa es la conducta personal de su fundador. No debería confundirse la una con la otra.
Tal vez esta sea una de las reflexiones más importantes que quedan para quienes pasamos por esa realidad: sufrir no significa necesariamente estar en el camino correcto; la obediencia no significa dejar de discernir; y una dificultad no deja de serlo simplemente porque haya recibido una interpretación espiritual.
8. De la interpretación sistemática de la oposición como persecución
Había además una cuestión que para mí era particularmente significativa: la manera en que se presentaban a los miembros las situaciones en las que había desacuerdo, cuestionamiento o alguna intervención externa con respecto al Instituto o a la figura de su fundador.
Cuando determinadas posturas o medidas no se correspondían con lo que se nos transmitía sobre el fundador o sobre la forma de vivir del IVE, muchas veces esas situaciones se presentaban bajo la perspectiva de una persecución a la Congregación o a la propia obra. Esto sucedía incluso cuando la situación involucraba a autoridades o procedía de la propia Iglesia. En lugar de presentar estas circunstancias a los miembros de manera objetiva, con sus razones y sus diferentes aspectos, muchas veces el entendimiento transmitido era que se trataba de una persecución que debía afrontarse principalmente mediante la oración.
Recuerdo situaciones en las que se nos animaba a rezar para que esa situación terminara, para que Dios interviniera o para que aquello que se entendía como una persecución llegase a su fin. Esto se presentaba, en algunas ocasiones, en conexión con la idea de que tales persecuciones formarían parte de la historia y de la intención atribuidas al fundador desde la fundación del IVE.
La oración, evidentemente, siempre ha formado parte de la vida religiosa y no veo problema alguno en recurrir a ella ante una dificultad. Lo que me planteaba dudas era cuando la oración parecía sustituir la necesidad de comprender objetivamente lo que estaba sucediendo, especialmente cuando se trataba de decisiones o manifestaciones procedentes de autoridades de la propia Iglesia. Esta forma de abordar las tensiones externas creaba un mecanismo por el cual resultaba difícil cuestionar o analizar críticamente lo que ocurría. Se transmitía un esquema de interpretación que tendía a encuadrar previamente cualquier crítica o medida correctiva como hostilidad o incomprensión, dificultando la posibilidad de interpretar acontecimientos que contradijeran la narrativa interna presentada a los miembros.
Poco a poco, esto creaba una especie de división entre lo que se presentaba internamente como la verdad sobre el Instituto y lo que venía de fuera. Cuando existía alguna contradicción entre esas dos perspectivas, la tendencia que yo percibía era interpretar la posición externa como oposición, persecución o incomprensión de la obra.
Para quien estaba dentro, esto hacía difícil formarse un juicio propio sobre los acontecimientos. Al fin y al cabo, si una posición contraria al Instituto ya se presentaba previamente como fruto de una persecución, quedaba poco espacio para preguntarse simplemente qué había sucedido, cuáles eran los motivos de esa decisión y si eventualmente podría haber una crítica legítima que considerar.
Esto contribuía también a que determinadas cuestiones se recibieran más como una batalla espiritual que debía vencerse con la oración que como acontecimientos concretos que podían y debían analizarse con serenidad, transparencia y espíritu de obediencia a la propia Iglesia.
El punto que considero importante registrar, por tanto, no es simplemente que hubiese divergencias, sino que percibí una dinámica recurrente por la cual lo que venía de fuera y contradecía la comprensión interna del Instituto tendía a encuadrarse previamente como oposición o persecución. Esta dinámica merece, a mi juicio, ser examinada de manera institucional.
9. Salida del Instituto y ausencia de acompañamiento posterior
Concluyendo, salí del Instituto por voluntad propia. La decisión fue mía, incluso después de que los formadores me afirmaran y reafirmaran que tenía vocación religiosa. Cuando tomé la decisión de marcharme, no hubo oposición a mi salida.
Sin embargo, salí como religioso y permanecí durante algunos meses fuera del seminario aún con votos, sin recibir el acompañamiento y la orientación suficientes sobre cómo vivir ese periodo y sobre el proceso de reinserción en la vida fuera del Instituto. Tengo conocimiento de que experiencias similares ocurrieron con otras personas que también dejaron esa realidad.
Las consecuencias de esa experiencia traspasaron el momento de la salida. La dificultad de reinserción en la vida laica, en la Iglesia y en la sociedad fue significativa. Lo que permaneció no fue una pérdida de la fe en la Santa Iglesia Católica, sino una profunda desconfianza respecto a la posibilidad de encontrar fidelidad y coherencia en obras que, para quien las ve desde fuera, pueden parecer santas y perfectas.
Cargo solo con una gran marca de sufrimiento psicológico; puedo decir que hubo un antes y un después del IVE. A diferencia de lo que atestiguan muchos exmiembros, mi fe se vio evidentemente afectada por el contratestimonio del IVE hacia mi persona. Hoy tengo que lidiar con todas las consecuencias del desdichado período que pasé, y durante mucho tiempo me culpé pensando que yo era el culpable por haberme estancado en el IVE.
También considero importante registrar la manera en que quienes dejaban el Instituto eran clasificados internamente, incluso mediante el uso del término «difuntos», distinguiéndose, de cierta forma, a quienes habrían salido «bien» de quienes habrían salido «mal», sin comprender necesariamente las circunstancias individuales que llevaron a cada persona a dejar la comunidad.
Asumí con responsabilidad mi periodo de formación y procuré cumplir con mis deberes y demás obligaciones asumidas. Aun así, al dejar el Instituto, no recibí la guía ni el apoyo que esperaba, dada la enseñanza sobre la responsabilidad de formar y acompañar a quienes ingresaban en la vida religiosa.
10. Consideración final
No presento este relato como un intento de condenar indistintamente a todas las personas que forman o formaron parte del IVE, ni como una afirmación de que todas las experiencias hayan sido iguales. Tampoco pretendo cuestionar la fe católica, la vida religiosa o lo que legítimamente pertenece a la espiritualidad de la Iglesia.
Lo que deseo registrar son patrones de conducta y dinámicas institucionales que viví o presencié y que considero lo suficientemente importantes como para ser conocidos, examinados y, si fuera necesario, corregidos por las autoridades competentes.
Espero que este relato no sea dejado de lado una vez más. Que pueda contribuir a que las futuras vocaciones sean acogidas con verdadero cuidado, que los miembros sean tratados con dignidad, que las dificultades concretas se evalúen con transparencia y que ninguna autoridad o figura histórica sea colocada por encima de la posibilidad de discernimiento, corrección y verdad.
Que ninguna otra persona tenga que cargar sola con consecuencias semejantes y que quienes ingresen en una vocación religiosa puedan ser acompañados de modo que, acogidos y respetados, tengan las condiciones para dar los frutos que Dios ha destinado a cada uno.
Así sea.

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